Más allá del sueño americano: la otra cara de Los Ángeles

La primera imagen que sorprende al llegar a Los Ángeles no siempre coincide con la que millones de personas llevan en la imaginación. No son únicamente las palmeras recortadas contra el cielo, las colinas de Hollywood o las avenidas asociadas al glamour de la industria del cine. A veces, la primera impresión llega en forma de pequeñas tiendas de campaña alineadas junto a las aceras.

En algunos barrios de la ciudad, estas viviendas improvisadas aparecen a pocos minutos de escaparates de lujo, estudios cinematográficos y lugares convertidos en símbolos del éxito estadounidense. El contraste resulta difícil de ignorar: una ciudad conocida mundialmente por sus sueños y sus oportunidades convive diariamente con una realidad mucho más compleja.

Caminar por estas calles es descubrir espacios donde la vida cotidiana continúa bajo condiciones extraordinarias. Las aceras se han transformado en pequeños territorios personales: una tienda que funciona como dormitorio, un carrito de supermercado convertido en almacén, una mesa improvisada que hace las veces de cocina. Son escenas que muestran no solo la falta de vivienda, sino también la capacidad humana de adaptarse incluso en las circunstancias más difíciles.

Sin embargo, la diversidad de historias también revela otra dimensión de esta realidad. Algunas personas avanzan lentamente cargando todas sus pertenencias en un carrito. Otras parecen encontrarse alejadas del entorno que las rodea, enfrentándose a problemas de salud mental o situaciones personales difíciles que se desarrollan a plena vista. La calle se convierte así en un lugar donde diferentes formas de vulnerabilidad aparecen sin ningún tipo de separación.

Lo más llamativo quizá no sea únicamente la presencia de estas comunidades improvisadas, sino la manera en que la ciudad ha aprendido a convivir con ellas. Trabajadores, turistas y residentes caminan entre tiendas de campaña y personas descansando en las aceras siguiendo el ritmo habitual de una gran metrópoli. Con el tiempo, una situación excepcional puede llegar a convertirse en parte del paisaje cotidiano.

Esa misma noche, mientras recorro el Paseo de la Fama de Hollywood, encuentro una escena que resume, de alguna manera, las contradicciones de Los Ángeles. Sobre la base de un monumento, un hombre vestido completamente de negro me observaba. Su postura recordaba a la de una pantera agazapada antes del salto: inmóvil, paciente, completamente concentrada en algo que solo ella parecía percibir.
Reduzco el paso, pero continúo caminando. Él no cambia de posición. Solo sus ojos siguen mi movimiento. Le sonrío con cautela. Incluso levanto una mano en señal de saludo. No responde.
Durante unos instantes parece completamente separado del mundo exterior, encerrado en una realidad propia que nadie más puede ver.

Los Ángeles continúa representando la posibilidad de empezar de nuevo, alcanzar el éxito y cumplir el sueño americano. Pero la ciudad también refleja una de las grandes contradicciones del siglo XXI: cómo un lugar con una enorme riqueza cultural y económica puede, al mismo tiempo, enfrentarse a una crisis humana que permanece visible en sus propias calles.
La pregunta sigue abierta: ¿qué revela esta realidad sobre una de las ciudades más influyentes del mundo y sobre la sociedad que la ha construido?

¿Por qué California concentra más personas sin hogar que cualquier otro estado de Estados Unidos?

La desigualdad económica añade otra capa de complejidad. California alberga algunas de las comunidades más ricas del planeta, pero al mismo tiempo millones de trabajadores intentan sobrevivir con ingresos que no siempre alcanzan para cubrir el coste real de vivir en el estado. Empleados de restaurantes, hoteles, comercios, servicios de atención y otros sectores esenciales pueden trabajar a tiempo completo y, aun así, encontrar dificultades para mantener una vivienda estable.

A diferencia de muchos países europeos, Estados Unidos no dispone de un sistema sanitario universal. Para muchas personas sin hogar, la atención médica suele limitarse a las urgencias cuando la vida corre peligro. Todo lo que viene después —el tratamiento de problemas de salud mental, la atención a las adicciones, las consultas especializadas o el seguimiento a largo plazo— suele ser mucho más difícil de conseguir.

Muchas personas llegan a Los Ángeles pensando que encontrarán una oportunidad. Algunas incluso sueñan con conseguir un pequeño papel en una película. Pero la realidad suele aparecer muy rápido. Los alquileres son tan altos que algunas personas se quedan sin dinero en pocas semanas y terminan en la calle. Después de un tiempo, simplemente dejan de poder afrontar la situación. Recuerdo haber tenido que llamar a los padres de una joven para convencerlos de que vinieran a buscarla antes de que todo empeorara

California ha destinado durante años importantes recursos a la construcción de viviendas asequibles, programas de ayuda económica y la ampliación de servicios sociales. Se han conseguido avances en determinadas zonas, pero la dimensión del problema continúa siendo enorme. Una crisis construida durante décadas no desaparece de un día para otro mediante una única medida o una solución sencilla.

¿Cómo ha respondido el Gobierno de Estados Unidos ante la crisis de las personas sin hogar?

A lo largo de las últimas décadas, diferentes administraciones estadounidenses han intentado abordar el problema de la falta de vivienda desde perspectivas distintas. Sin embargo, ninguna de ellas ha conseguido resolver una crisis que no nació de un solo factor, sino de una combinación de cambios económicos, sociales y estructurales acumulados durante mucho tiempo. Durante la presidencia de Joe Biden, la reducción del número de personas sin hogar se convirtió en una de las prioridades de su agenda nacional. A través del American Rescue Plan y de otros programas federales, el Gobierno destinó miles de millones de dólares a iniciativas de emergencia: ayudas para evitar desalojos, proyectos de vivienda asequible, apoyo a organizaciones comunitarias y programas destinados a acompañar a personas que ya vivían en la calle.

La administración también impulsó una mayor inversión en servicios de salud mental, tratamientos para las adicciones y modelos de vivienda con apoyo integral. Uno de los focos principales fueron los veteranos de las Fuerzas Armadas, un grupo que históricamente ha presentado tasas elevadas de vulnerabilidad habitacional en Estados Unidos.
La idea central era que la solución no podía limitarse a ofrecer un lugar donde dormir durante una noche. Según sus responsables, combatir la falta de vivienda requería actuar sobre las causas profundas: el acceso a la atención médica, la estabilidad laboral y la posibilidad de mantener un hogar a largo plazo. Aun así, sus críticos cuestionaron si estas medidas eran suficientes frente a la magnitud del problema. Muchos señalaron que el aumento continuo del precio de la vivienda y la creciente demanda de ayuda avanzaban más rápido que las respuestas gubernamentales, especialmente en California, donde la crisis seguía siendo una de las más graves del país a pesar de las grandes cantidades de dinero invertidas.

Un enfoque diferente durante la administración de Donald Trump

La administración de Donald Trump planteó una visión diferente sobre la crisis. Aunque algunos programas federales de vivienda y asistencia continuaron funcionando, su discurso estuvo más centrado en la seguridad pública, el orden urbano y la gestión de los espacios públicos. Sus críticos argumentaron que este enfoque dejaba en segundo plano problemas estructurales como la falta de viviendas asequibles, las dificultades de acceso a la atención psicológica y la necesidad de tratamientos continuados para las personas en situación más vulnerable. En 2019, la propuesta de reducir la financiación destinada a algunos programas relacionados con la falta de vivienda generó críticas por parte de organizaciones sociales y defensores del acceso a la vivienda. Al mismo tiempo, el Gobierno federal destinó recursos a combatir la epidemia de opioides, un fenómeno que en muchas comunidades mantiene una relación estrecha con los problemas de exclusión social y pérdida de vivienda. Durante la pandemia de COVID-19, el Congreso aprobó la ley CARES Act, que incluyó fondos extraordinarios para ayudas de vivienda, refugios y organizaciones encargadas de apoyar a personas en riesgo de quedarse sin hogar. Estas medidas ofrecieron un alivio inmediato en un momento de emergencia, pero no lograron cambiar las tendencias económicas y sociales que durante años han alimentado la crisis.

California y Florida: dos realidades muy diferentes

Los datos federales sobre vivienda muestran una diferencia notable entre los estados estadounidenses. California ha registrado durante años la mayor población de personas sin hogar del país, concentrando una proporción muy significativa del total nacional. Los elevados precios de la vivienda, la escasez de opciones asequibles y una profunda desigualdad económica han convertido al estado en uno de los lugares más expuestos a esta crisis. Florida también enfrenta dificultades relacionadas con la falta de vivienda, pero la dimensión del problema es considerablemente menor. Las estimaciones sitúan su población sin hogar en una cifra muy inferior a la de California, a pesar de que ambos estados comparten ciertas características: un clima favorable, grandes áreas urbanas y una importante llegada de nuevos residentes.

La comparación entre ambos lugares demuestra que la falta de vivienda no puede explicarse únicamente por factores como el clima o la geografía. Detrás de cada crisis local existe una combinación particular de elementos: el precio de los alquileres, las condiciones económicas, las decisiones políticas y la capacidad de los servicios sociales para responder a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad. En última instancia, el fenómeno de las personas sin hogar en Estados Unidos refleja una contradicción difícil de ignorar: un país con enormes recursos económicos que continúa buscando una respuesta definitiva para garantizar algo tan básico como un lugar seguro donde vivir.